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Reflexión sobre las Escrituras

 Séptimo domingo del tiempo ordinario (19 de febrero)

En esa camilla llevada por cuatro hombres, se nos insinúa y representa el misterio de la «comunión de los santos», como dice san Pablo: que hemos de aportar algo nosotros a lo que falta a los sufrimientos de Cristo, para «el bien de la Iglesia». Es un misterio consolador y muy olvidado en nuestros días, en los que sólo se cotiza la aportación personal e inmediata en procurar el bien de los demás, y en que se da preferencia al bien físico o humano sobre el espiritual. La Iglesia se sostiene, y es llevada hacia Cristo, sobre todo por las oraciones de unos por otros. Lágrimas, oraciones, penitencias, sacrificios, vidas anodinas y sacrificadas, llevan almas a Cristo. Pero y a estas almas que llevan a su vez a las demás, ¿quién lleva? Todas reciben una multitud de gracias de las otras, de todo ese acervo inmenso de amor crucificado que hay en la Iglesia, y todas son llevadas personalísimamente por Cristo. Sin Cristo en su interior, todos seríamos igualmente inválidos para caminar hacia Dios. Quien nos lleva por el áspero camino que sube primero hacia el calvario y luego hacia la montaña de la Ascensión, es el mismísimo Cristo, instalado en lo más íntimo de nuestro ser para comunicarnos su Vida divina, y nos brinda tantas ocasiones para morir, si no de una vez en una cruz, sí cada día un poco en la infinidad de cruces que encontramos en nuestro camino. Con el perdón ha llegado la virtud de Dios, que permite empezar el camino maravilloso que nos conduce a su Reino porque una nueva fuerza ha surgido en el fondo del alma.

 
 

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